Riadas, incendios y demás familia

¿Estamos preparados ante fenómenos meteorológicos extremos? ¿Tenemos suficientes previsiones o formas de medición? ¿Es la naturaleza la que ataca o es el ser humano el que se ha querido imponer a ella? Os voy a hacer un repaso por las incidencias que recientemente he podido vivir en primera persona. Empezamos con el río Ebro.

La punta de la crecida extraordinaria del río Ebro ya está en Cataluña. A su paso por Navarra, La Rioja y Aragón y según un primer balance de las organizaciones agrarias cerca de 50 mil hectáreas de cultivo han sido anegadas por el agua. Sólo en la comunidad aragonesa se han inundado 28 mil hectáreas de cultivo y 4 mil de explotaciones ganaderas. A falta de la evaluación final las pérdidas ya superan las de la crecida del Ebro de 2003 y muchos vecinos ribereños no recordaban otra igual desde el año 1961.

la foto 1(1)Motas rotas, carreteras cortadas y municipios aislados. Algunos de ellos han pasado horas sin luz ni agua potable y los alumnos de varios colegios se han quedado sin ir a clase. Viviendas inundadas, campos anegados o cabezas de ganado que no han podido sobrevivir. Son algunas de las consecuencias de esta crecida del Ebro, el río más caudaloso de España. Para hacernos una idea la punta de la avenida a su paso por Zaragoza superó los 6 metros de agua de altura y los 2560 metros cúbicos por segundo. Hoy, días después de la avenida, vemos sus huellas.

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Otra crecida pero en este caso del río Ésera en el valle de Benasque, en Huesca, también muestra lo que la naturaleza puede hacer. Fue en julio de 2013.

Y un año antes en octubre de 2012 ocurría lo mismo en el valle Aragón. Su río, el Aragón, incluso se llevó por delante una vivienda en Castiello de Jaca. Una urbanización ubicada en pleno cauce del río.

El agua impresiona pero también lo hace el fuego.

El 8 de marzo se cumplen 3 años del incendio de Castanesa, en Huesca. Es la zona de la alta Ribagorza limítrofe con Cataluña. Las llamas arrasaron unas 2 mil hectáreas de monte, tuvieron que desalojar desde la primera noche a más de un centenar de vecinos de 14 pueblos situados en el monte de Montanuy. Lo peor es que debido al viento y a la orografía del terreno se tardaron varios días en dar por controlado el incendio.

Esta fue si duda la experiencia más dura que hasta ahora he vivido en este trabajo. Primero porque no es fácil hacer un directo estando totalmente mareada tras un viaje de más de dos horas en coche, donde la mitad del camino ha sido de noche, por curvas desconocidas y sin parar de hacer llamadas y de escribir en mi cuaderno. Segundo porque al aterrizar enseguida te contagias de la impotencia de los efectivos y de los vecinos. Sus lloros y esa incertidumbre de si sus casas, su ganado y sus campos se iban a salvar. Y tercero porque a la una de la madrugada aún estábamos enviando las imágenes por satélite y a las 7 de la mañana, sin haber cenado ni desayunado y con lo puesto, ya estábamos en pié localizando para comenzar una tanda de directos que comenzaban a las 8. A las 6 de la tarde llegaba yo a mi casa.

Diez meses después esta zona de Montanuy volvía a verse afectada por el fuego. Otro incendio quemaba 300 hectáreas de monte bajo y pinar a 2 mil metros de altura. Misma zona otro monte.

Años después de cada desgracia de este tipo habría que volver al lugar y evaluar por ejemplo si el monte se ha regenerado o si las riberas están recuperadas. Y por qué no decir si cada damnificado ha recibido ya su indemnización.

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